

A pesar de ya haber trabajado con anterioridad con este cuento, la realidad es que tuve la oportunidad de ver cómo a través de una lectura tan sencilla, un niño puede abrir su corazón y expresar a través de un dibujo, secretos muy profundos y que pueden estar lastimándole.
Como psicóloga, sabía de antemano que para trabajar con un niño que no puede expresar con palabras lo que siente, el dibujo es de gran ayuda, sin embargo cuando me presenté en la escuela indígena Acolmiztli, no me imaginé el nivel de las expresiones y duelos que los niños en ocasiones se ven obligados a guardar y a esconder.
Cuando un niño te cuenta en su dibujo que él escuchó una noche cómo rascaban en la pared de su cuarto, y que él, por miedo, sólo se tapó su cabeza con la cobija, con tal de no escuchar más ese sonido, sonido recurrente que desde ese día dice que continúa escuchando, ya que se quedó grabado en su memoria al enterarse, al día siguiente, que esos ruidos, como entre golpes y rasguños en su pared, eran los últimos intentos de sus vecinos para pedir ayuda, pues unos ladrones había entrado a su casa y acababan de apuñalarlos, cuando algo así sucede, es que valoras el trabajo que estás realizando. El trabajo en campo en ocasiones es cansado, tedioso, llegas acalorado y con hambre, pero cuando ves este tipo de expresiones tan duras, te das cuenta que vale la pena recorrer las escuelas que te abren las puertas y que no importa qué tan lejos tengas que ir, o si la secretaria te hizo cara al entrar, o si no encontraste estacionamiento, nuestro trabajo hace una diferencia y aunque sientas cansancio o fatiga, cuando te enteras que niños tan pequeños tienen que vivir con este tipo de cosas, eso te impulsa a continuar e intentar apoyarlos desde tu intervención.
Rosa María Duarte.